Admiré los ojos en los que volcaba los días y las noches,
concreté mis manos con las suyas en otro lugar, en una ciudad con olor a fruta,
poseías la boca que me regalaba besos duros y dulces al unísono,
tenías unas manos que me recorrían sin miedos, llevándose los míos,
jugamos a querernos, y me columpiaba cada día en tu pelo como una niña,
mientras que tu jugabas a que no fuese otro cromo de tu colección.
Mientras que el tiempo estaba a destiempo,
comprendimos que no era nuestro momento.
Ni tu eras la mujer que creías, ni yo la niña que simulaba haber crecido,
tus heridas del pasado recaían sobre mi,
y mis fallos empezaron a llegar, con el invierno, se nos congelaron las ideas (nunca los sentimientos)
elegí carta sin pensar, sin pensar que el azar no está escrito, y que la vida no siempre devuelve lo que nos pertenece.
Me fui a otra ciudad, y tu te fuiste resbalando por mi cuerpo hasta derretirte,
ciega de mi, que no te vi entre mis locuras matutinas,
ciega de ti, que me amaste hasta quemarte.
Nos marchamos a otros cuerpos, a otras caras,
a otros columpios y a otros cromos,
a otros inviernos y a noches sin nosotras,
te enamoraste, y yo sigo aquí, pensando que aun sigues resbalándote sobre mi.
Pero aunque el destino nunca me haya sacado a pasear de la mano hacia ti,
aun sigo pensando que el amor son esas noches en vela,
tener un bebé, sentirme afortunada, familias que nos quieren, y momentos que aunque deseemos reemplazar, no agotarán la chispa del primer amor que surgió de ti.
No hay comentarios:
Publicar un comentario